viernes, 19 de julio de 2019

Escritura Automá[crí]tica XXXVIII


La grieta de la esperanza, que dice el tonto

Yo siempre ando buscando esperanzas para escabullirme de la tragedia. Siempre, tarde o temprano, las encuentro para paliar el “neguit” que dicen los catalanes. Debe ser que con estar vivo y sano ya tengo mucho ganado.
Pero a veces tengo que emplearme a fondo.
Ahora, por ejemplo, llevaba acongojado unos días viendo a nuestros líderes políticos lucir su mediocridad y exponer sus más bajas ambiciones sin pizca de vergüenza, buscando frenéticamente alguna figura política en la que depositar algo de esperanza. Entre los hombres, ninguna. Parece que entre las mujeres, hay  alguna esperanza. Desolador el panorama.
Me quiero conformar diciéndome que al fin y al cabo son los escogidos por los ciudadanos y que a tales ciudadanos, tales políticos. Ciudadanos informados, convencidos, educados, aleccionados, adiestrados por los medios de comunicación. Con eso está todo explicado.
Pero no. Me rebelo.
¿Dónde están los resultados de tanta universidad, estudio, másteres de nuestros líderes? Ellos deberían estar por encima de la mediocridad reinante. Y no en medio, hozando.
Hasta que por fin encuentro la grieta y por ahí me escabullo y recupero el oremus. Me tranquilizo.
Al fin y al cabo, ¿Qué está pasando? Pues algo que ha pasado siempre pero sin violencia. Con una democracia consolidada y lo que es mejor, con la oportunidad de mantenerse al margen, si uno lo desea, y llevar una vida más o menos decente.
No me va a pasar, me digo, lo que le pasó a Stefan Zweig o, a Thomas Mann o Ramón J. Sénder, por ejemplo. No va a haber guerra. Sólo mediocridad. Y de eso se puede escapar, o al menos mantenerse a distancia.
Además uno puede encontrar semejantes con los que comulgarse y regalarse criticas uno a otro. Y lamentarse mutuamente, que es como lamerse las heridas que no se ven.
Así que no pasa nada irremediable si vas por el pueblo y ves como un vecino escupe en la calle, tira una colilla encima de un coche que no es suyo, o como sale una mujer a la ventana y se desgañita llamando a su niño que está a unos cincuenta metros de ella jugando con tierra. O te sientas en una cafetería y oyes la música mortal que tu vecino de mesa está haciendo escuchar a media cafetería, ¿Sólo tú oyes suplicar a tu tímpano?  O ves pasar más “haigas” que en los años sesenta.
No pasa nada si no pasa nada cuando oyes a un político señalado decir una cosa y al día siguiente hacer lo contrario. Y no pasa nada si gana las siguientes elecciones.
No pasa nada, no hay guerra. La gente no se mata por las calles, los restaurantes de comida basura están llenos, las carreteras a tope de coches y la película más taquillera de la temporada es un bodrio para prematuros. Todo va según lo previsto… por la sociedad de consumo, que llamamos sociedad del bienestar, que ya quiere decir algo.
Una sociedad, esta del consumo, que es generosa, magnánima, que no te obliga a decir “haiga”, ni a comer en un Macdonald, ni a entrar en los centros comerciales.
O sea, muy bien no, pero podía ser peor.
De hecho, mirando hacia atrás siempre ha sido peor.
Igual hemos aprendido. Antes idiotas que muertos.

lunes, 25 de febrero de 2019

Escritura Automá[crí]tica XXXVII




Teniendo en cuenta

Todo lo que nos falta es mucho mayor, es más, infinitamente mayor que lo que tenemos. Vivimos en una nimiedad, una insignificancia de años comparados con los años que hace que el mundo existe y que existirá.
Oímos sólo en una franja diminuta de frecuencias. Vemos unos tamaños limitados. Más pequeño o más grande son comparativos ridículos, pues hay cosas infinitamente pequeñas, no digamos grandes, si nos atenemos a ese espacio que se recorre en años luz, que nos son esquivas.
Qué decir de lo que tocamos, olemos o saboreamos.
Nuestros cinco sentidos son condenadamente limitados, siendo optimistas.
Y ahora vayamos con el rincón en que vivimos. Es que no es ni rincón. Comparado con lo que conocemos del Universo, ni llega a tamaño de átomo.
Es decir, vivimos de una manera ajustada y limitada, muy ajustada y muy limitada, ajustadísima y limitadísima, a tenor de lo que existe.
Y ahora lo terrorífico.
Viviendo como vivimos, aún nos lo hacemos más difícil. No tenemos bastante con oír de forma muy limitada, sino que además en esa pequeña franja de frecuencias nos insultamos, nos contamos mentiras, nos amenazamos.
En este pequeño, diminuto rincón, nos matamos y por si fuera poco estamos en el buen camino si queremos destruirlo. Entiéndase por destruirlo, hacerlo inhabitable para nosotros y demás seres vivos, porque para el Universo el concepto de inestable no me llego a imaginar qué parámetros tendrá, teniendo en cuenta lo que se mueve por ahí fuera y que conocemos. Que ya lo que desconocemos…
No tenemos compasión, no pasamos una.
Lo poco que nuestros sentidos nos hacen llegar en el espacio diminuto en que existimos el poco tiempo del que disponemos, ¿Por qué lo utilizamos para aún hacer más desgraciada nuestra existencia?
Ese sí que es un misterio.
Desentrañándolo, sí que pondría al descubierto nuestra verdadera naturaleza.
A la luz de este escenario que he dibujado y que es incontrovertible, toda otra cosa que no sea saludar, ceder el paso, sonreír, ser compasivo y solidario, es pura y absoluta ridiculez. Y petulancia. Y soberbia. Y vanidad. Es decir, todo aquello que viene a cumplir ese refrán tan sabio: Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces.
Que viene a querer decir, si todo lo que hacemos no tiene un fin bondadoso y compasivo… lo que faltaba.
Teniendo en cuenta este escenario, ¿Qué clase de obra estamos interpretando?

domingo, 27 de enero de 2019

Escritura Automá[crí]tica XXXVI



Evolución creadora

“Se sabe que las diversas especies de himenópteros paralizadores
depositan sus huevos en arañas, en escarabajos y en orugas que continúan viviendo inmóviles cierto número de días, sirviendo así de alimento fresco a las larvas, pues primero han sido sometidos por las avispas a una hábil operación quirúrgica”

La evolución creadora
Henry Bergson


Nadie puede decir que no hay cierta semejanza entre este fragmento y la forma en que está organizada nuestra sociedad.
“Se sabe que ciertos seres pertenecientes a la especie “ser humano”, detentan un poder, ya sea económico, político o social, mediante el que depositan ciertas órdenes en la gran mayoría del resto de la especie, órdenes complejas para enmascarar su verdadero contenido paralizador, que pueden ser traducidas en admiración, sometimiento voluntario, necesidad de sobrevivir u órdenes directas que continúa con su vida, esa gran mayoría, aparentemente de forma activa cierto número de años. Formando, de esta manera, parte del estamento social que permite seguir a esos seres humanos poderosos alimentando de una manera segura y pacífica a sus crías.
Esta operación quirúrgica ha ido evolucionando desde el primitivismo casi irracional a la más de las sibilinas técnicas actuales, agrupadas bajo el nombre de compuesto o coctel y que conocemos como “Sociedad de consumo”.
Ésta es una técnica que parece nada invasiva, nada dolorosa, fácil de asimilar, que deja al ser humano afectado tan acomodado a su función alimenticia que puede llegar a pensar en que los papeles están cambiados. Para hacer esta sensación más real, de vez en cuando sucede que en efecto algunos de los seres parasitados pasan a ser parasitadores.
Además, después de muchos años, parece que este sistema evolutivo ha encontrado su escenario ideal. Un escenario que los seres humanos poderosos mantienen a toda costa y que llaman Democracia”.



Es evidente, siguiendo a Bergson que no sólo estamos ante un proceso evolutivo creador, sino que además es de una genialidad admirable, dado su perfecto funcionamiento.

NOTAS:
            1) Admirar no siempre tiene que tener connotaciones positivas
            2) A este procedimiento Henry Bergson lo llama “Necesidad de paralizar sin matar”.

viernes, 11 de enero de 2019

Escritura Automá[crí]tica XXXV



Reír y llorar, por ejemplo

Vaya por delante que entiendo la extrañeza que se le planteara a alguno cuando lea este texto. Me ha pasado a mí que lo he pensado y ahora lo estoy escribiendo. Pero los seres humanos somos así.
¿Quién impulso a Pitágoras a descubrir lo de la hipotenusa y los catetos’ ¿Había demanda? ¿Era una orden? No, nada de eso. Lo hizo y ya está.
O a Newton. ¿En qué estaría pensando cuando le da la manzana en la cabeza y ¡Zas!, la ley de la Gravitación Universal?
Es extraño, pero no paramos.
Y no me comparo con ellos. Soy como ellos. Todos somos como todos.
Bueno, entro en materia.
Alguien dice algo, que calificamos de gracioso, y nos reímos. Lanzamos ese ruido indescriptible, se nos ilumina la cara y los labios se distienden como si intentaran llegar con las comisuras hasta las orejas.
Te estás riendo.
Un gesto que es interpretado como signo de alegría, contento, felicidad.
Lo hacemos desde la cuna.
A un bebé le haces una tontería y enseguida reacciona poniendo cara de “bebé que ríe”. ¿Dónde lo ha aprendido? ¿Por qué ese gesto y no el de mover las orejas, o el de mover el brazo derecho como si fuese un látigo, o cualquier otro gesto?
Pues no, la risa, o la sonrisa, su variable chulesca.
¿Cuándo se pacto?
Si la risa es extraña, ¿Qué decir del llanto?
Una reacción que consiste en arrugar la cara y empezar a echar agua por los ojos. Que de todos los agujeros del cuerpo son los más problemáticos para arrojar agua. Con lo fácil que podríamos llorar echando agua por la boca, o por el pito, por el ano, por las orejas, por la nariz. Pues no, por los ojos. Que si no lo ves no te lo crees. Que ahí también hay agujeros. Con lo espectacular que sería llorar por la piel. Llorar sería como sudar tristeza.
¿Y por qué no lo hacemos al revés?
Estás alegre porque algo gracioso ha pasado y entonces te pones a llorar. Alguien contando chistes y el auditorio venga a llorar. Entre más divertidos los chistes, más llanto.
Vas al hospital y te dicen que tu padre acaba de morir y tú lanzas unas carcajadas tremendas. Estabais muy unidos. Llega tu hermano, se entera, y os mondáis de la risa. Salís del hospital, risa va, risa viene.
¿Por qué no es así?
¿Quién se encarga de decidir estas cosas?
Cosas, que si bien las miras, no tienen explicación.
¿Por qué reaccionar ante algo?
Y si lo hacemos ¿Por qué de esa manera?
La socorrida explicación de que todo lo que hacemos lo hacemos como lo hacemos porque, ensayo/error, es lo que nos da más probabilidades de seguir vivos, seguramente es cierta.
Pero, ¿Por qué queremos vivir?

domingo, 11 de noviembre de 2018

Escritura Automá[crí]tica XXXIV



Destrucción

 Lo peor que te puede pasar, con diferencia, es que lo que te pasé te esté destruyendo por dentro.
Lo más indicado es acompasar la destrucción interior con la exterior.
No estoy hablando de médicos, no de horas de consulta, hablo de las horas restantes, las de cada día. No hablo de lo que te lleva a la muerte, si no de lo que viviendo te destruye. Muerto ya no hay destrucción que te importe. Por lo tanto, no hay destrucción.
Te construye amar, no amar de amor, si no amar de la voluntad volcada sobre la presa como si no hubiera más deseo. Presa como comodín que vale para lo más insospechado. Lo más insospechado y lo más deseado.
Te destruye odiar o cualquiera de sus aproximaciones.
Un hombre de éxito, lo que hoy se conoce como éxito, puede estar siendo destruido.
Un hombre gris y anónimo puede estar integro, o incluso mejorando.
Hablo de esa destrucción que como las agujas del reloj, parece que no avanzan pero un día te encuentras que han pasado años y el último pilar que te aguantaba se ha caido. Entonces te preguntas, ¿Desde cuándo ha estado pasando esto?
Te haces el sorprendido.
Pero la verdad es que siempre lo has sabido. Las agujas avanzan aunque a simple vista no lo veas.
Heredaste un palacio y ya te estabas destruyendo.
Esos seres que salen por primera vez en televisión por haber llegado a una edad muy longeva. Cien años o más. Cuando el locutor les pregunta por el secreto, ponen cara de inocentes y hablan de de cosas inconexas, tranquilidad, paz, amor por los demás y alguna que otra extravagancia. Un cóctel imposible de combinar, con cantidades inexactas. Un batiburrillo que sin embargo a él le ha dado resultado. Si hubiera querido, vendiendo el secreto, se hubiese hecho rico. Pero se hubiera destruido por dentro y no habría llegado a esa edad provecta. Entonces, ¿Qué habría vendido?
En realidad, la evolución, nuestra evolución se ha desarrollado al amparo de nuestra destrucción interior. Es la única forma.
Aún hay personas, y las seguirá habiendo, que van a los gimnasios, a las clínicas de cirugía estética y a otros rincones de parecidas actividades, para parar el tiempo. ¿Hay mayor disparate?
Evolucionamos destruyéndonos por dentro.
Te casas, te destruyes por dentro. Haces el amor, es como si estuvieses renaciendo. Juzga. ¿Qué porcentaje de tiempo usas para hacer el amor frente al que empleas en estar casado? Irremediablemente te destruyes.
O trabajas. En cualquier puesto, bajo cualquier responsabilidad. Hasta llegar, incluso, al puesto más alto del organigrama de la empresa. No te canses. Te estás destruyendo por dentro.
Desde la oficina más alta del más exitoso de los rascacielos de la ciudad contemplas las calles a tus pies, como se estiran hacia el mar, si es Barcelona, hacia el Sena o el Támesis o el Hudson, da igual. Caes en la cuenta de que al atardecer, el de la limpieza que viene a vaciar las papeleras y quitar el polvo contempla lo mismo que tú. Entonces, vas y te argumentas, pero yo gano más dinero, tengo más responsabilidad, ordeno, mando y entre más argumentos encuentras más te destruyes. Ganar más dinero. ¿A quién quieres engañar con ese razonamiento?
Si siempre quisiste ser músico o cocinero o no sabias lo que querías pero esto no.
Te has destruido por dentro.
Pero no es eso lo peor. Lo peor fue lo que evitaste, lo que se evitó, lo que impidió tu padre, que pensaba que de artista te ibas a morir de hambre, porque hubiera sucedido que también de artista, o de cocinero, casi seguro, te hubieras estado destruyendo también por dentro.
El secreto es, pienso, que puesto que todos nos destruimos por dentro, el secreto, está, digo, en que la destrucción se produzca poco a poco, o si no se puede conseguir, en hacerlo armoniosamente, que destrucción interior y exterior vayan de la mano.
Como si hubiese una intención, una admisión, una colaboración.
Que pases un dedo por la última arruga y sea como si saludases a la última desilusión, al último fracaso, a la postrera frustración.